Cubana de nacimiento y manchega de adopción, Arelys Guerra ha construido su vida entre dos orillas. Escritora, profesora de español y madre, lleva casi dos décadas en España, pero Cuba continúa apareciendo en sus palabras, en sus recuerdos, en su cocina y, cada vez más, en su literatura. En esta conversación con Voces Hispanas habla de identidad, migración, escritura y de esa pregunta que muchos migrantes conocemos bien: ¿dónde está realmente el hogar?
Hay viajes que no se miden en kilómetros.
Para Arelys Guerra, regresar a Cuba después de doce años significó mucho más que volver al lugar donde nació. Significó reencontrarse con una parte de sí misma y, al mismo tiempo, permitir que su hijo Diego conociera con sus propios ojos aquello que hasta entonces había formado parte de las historias de su madre.
Arelys nació en Cuba y lleva casi dos décadas viviendo en España. Hoy trabaja como profesora de español y desarrolla también una carrera literaria que la ha llevado a escribir historias ambientadas incluso en lugares tan alejados de su propia geografía como Nueva York o Filadelfia.
Pero esta conversación comienza mucho más cerca del corazón.
Volver para que un hijo entienda de dónde viene
Durante años, Cuba estuvo presente en casa a través de la familia, los recuerdos y la comida. Pero para Arelys no era suficiente.
Quería que Diego pudiera descubrir por sí mismo una parte de sus raíces.
«Necesitaba reconciliarme con esos doce años de distancia y también que mi hijo pudiera conocer las raíces de su madre.»
No solo escucharlas. Vivirlas.
Probar una guayaba allí. Correr descalzo. Sentir un aguacero tropical. Mirar el mar cubano y comprender por qué, para su madre, aquel es simplemente otro mar.
«Era importante que pudiera conocer de dónde viene su madre más allá de lo que le cuenta su madre», explica.
El viaje también tenía otra dimensión.
Arelys quería que su hijo pudiera observar dos realidades distintas y comprender el valor de muchas cosas que forman parte de su vida cotidiana en España.
Encender una luz.
Abrir un grifo.
Tener servicios y oportunidades que con frecuencia damos por sentados.
Y esa mirada convirtió el regreso en una experiencia mucho más profunda de lo que probablemente imaginaba antes de partir.
Hay regresos que también duelen

Volver a Cuba removió algo más.
Después del viaje, Arelys intentó regresar a la escritura, pero las palabras no llegaron.
«Cada vez que lo intento se me encoge un poco el alma.»
Lo que encontró durante esos días fue difícil de procesar. Personas queridas atravesando situaciones complicadas y una realidad mucho más dura que la que conservaba en la memoria.
«He crecido en una Cuba llena de necesidades —cuenta—, pero hasta el momento de irme había pobreza y mucha necesidad. En este último viaje sentí otra cosa.»
Necesitaba tiempo.
Tiempo antes de convertir lo vivido en literatura.
Tiempo para encontrar la distancia necesaria para escribir sin que el dolor terminara ocupándolo todo.
Cuando también emigran las palabras
La migración no cambia únicamente el lugar donde vivimos.
También modifica nuestra manera de hablar.
Después de tantos años en España, Arelys reconoce que algunas palabras cubanas han comenzado a desaparecer de su vocabulario cotidiano.
Como profesora de español necesita adaptar su forma de expresarse para que sus alumnos comprendan el idioma que encontrarán al salir a la calle.
Pero hay momentos en los que esa adaptación pesa.
«A veces llego a casa e intento recordar alguna palabra que ya he dejado de utilizar por completo.»
No se trata solamente del acento.
Es la sensación de descubrir que determinadas palabras que durante años formaron parte de nuestra identidad han ido quedando atrás.
Sin embargo, la literatura le ha abierto una puerta para recuperarlas.
Arelys está trabajando en una novela que será profundamente cubana y reconoce que, al escribirla, vuelve a sentirse cómoda utilizando expresiones, recuerdos y formas de hablar de la isla.
«Es que lo necesito», dice.
«Aunque soy manchega, sigo siendo muy latina»
Arelys habla de sus raíces con humor.
Cubanas, africanas, haitianas, españolas.
Y cuando se le pregunta cuánto de todo eso termina entrando en sus novelas, no duda:
«Aunque soy manchega, sigo siendo muy latina y muy dramática para todo.»
Creció leyendo a Gabriel García Márquez e Isabel Allende y viendo aquellas telenovelas latinoamericanas interminables donde había «mil dramas», la mala malísima y el bueno buenísimo.
Todo eso, asegura, también alimenta la escritura.
Porque escribimos desde los libros que hemos leído, pero también desde las conversaciones de nuestra infancia, las historias familiares, la televisión que vimos, los lugares en los que crecimos y las emociones que aprendimos a reconocer mucho antes de saber que algún día se convertirían en literatura.
¿Dónde está el hogar?
Esta quizá sea una de las preguntas más difíciles de toda la conversación.
Después de tantos años fuera, Arelys reconoce una sensación familiar para muchos migrantes.
Cuando vuelve a Cuba hay momentos en los que se siente extranjera.
Pero España tampoco ha borrado el vínculo con el lugar donde nació.
Y entonces aparece esa especie de territorio intermedio.
Ese espacio invisible entre dos orillas.
«Es verdad que he perdido mi centro. ¿Dónde me siento? ¿Dónde es mi hogar?»
No siempre existe una respuesta sencilla.
Quizá porque después de migrar el hogar deja de ser exclusivamente un lugar.
Puede ser una persona.
Una comida.
Una palabra.
Una canción.
Una calle de Ciudad Real.
El Malecón de La Habana.
O todo eso al mismo tiempo.
Florecer incluso en medio del asfalto

Durante la conversación aparece también otra Arelys: la mujer que escribe mientras trabaja, cuida de su familia y busca pequeños espacios para crear.
Cuando le preguntamos qué les diría a otras mujeres que sienten que el ruido de la vida no les deja sitio para desarrollar su creatividad, responde con una de las imágenes más hermosas de la entrevista:
«Si sale una flor en medio de la acera, ¿por qué no vamos a poder florecer nosotras, que hemos hecho de todo?»
Para ella, cada mujer tiene su propio ritmo.
No hay que competir. No hay que compararse.
Después de atravesar procesos migratorios, reconstruir vidas y cerrar algunos duelos, cada una encuentra su manera de volver a crecer.
«Cada una florece dentro de su propio ser y como mejor entiende y puede.»
La próxima historia mira hacia Cuba
Durante mucho tiempo, las novelas de Arelys viajaron hacia otros escenarios.
Estados Unidos.
Nueva York.
Filadelfia.
Pero algo está cambiando. Los relatos que ha escrito en los últimos años y su regreso a la isla han vuelto a acercarla literariamente a Cuba.
Por eso, cuando le preguntamos qué imagen podría aparecer en la portada del próximo capítulo de su vida, responde casi inmediatamente: el Malecón habanero.
«Es momento de hacerle mucho honor a mi tierra», asegura.
Tal vez la próxima gran historia de Arelys no necesite viajar tan lejos.
El español como puente
Hay otra parte fundamental de su vida que sucede dentro de un aula.
Arelys trabaja como profesora de español con personas migrantes procedentes de numerosos países.
En sus clases conviven estudiantes de Mali, Senegal, Gambia, Marruecos, Ucrania, Rusia y otros lugares.
Ella lo resume con una expresión perfecta: «La clase es una Torre de Babel.»
Pero dentro de esa diversidad hay algo que los une.
Todos están intentando encontrar palabras para comenzar una nueva vida.
Arelys conoce una parte de ese proceso porque también fue migrante.
Llegó con la enorme ventaja de hablar español, pero recuerda que conocer el idioma no significa entender automáticamente cómo funciona un nuevo país.
Por eso intenta que sus clases sean algo más que gramática.
«Somos una familia desde el punto de vista migrante.»
Y si puede convertirse en puente para que otra persona consiga comunicarse, desenvolverse y comenzar a construir su vida aquí, asegura que lo hace encantada.
Historias que merecen ser contadas con respeto

Escuchar diariamente a personas que han tenido que abandonar sus países también ha cambiado su percepción de la migración.
Arelys escucha historias difíciles.
Historias que, como escritora, sabe que tienen una enorme fuerza narrativa.
Pero precisamente por eso habla de ellas con enorme respeto.
No quiere apropiarse de experiencias que pertenecen a otras personas.
«No puedo, bajo ningún concepto, escribir sobre ellos sin su plena autorización», explica.
Sabe que esas historias necesitan ser conocidas, pero también que detrás de cada una existe una persona real.
Porque una cosa es contemplar una migración desde una pantalla y otra muy distinta escuchar a alguien sentado frente a ti contar lo que tuvo que vivir para llegar hasta aquí.
La hispanidad que Arelys desea para su hijo
Cuando Arelys llegó a Ciudad Real, la presencia de familias procedentes de distintos lugares era mucho menor.
Hoy su hijo crece en una realidad diferente.
Tiene contacto con otras familias cubanas. Comparte celebraciones. Escucha expresiones que también pertenecen al mundo de su madre. Hay sabores y costumbres que comienzan a dejar de percibirse como algo extraño.
Y esa es precisamente la hispanidad que Arelys espera que encuentre Diego cuando sea adulto.
Una que forme parte de la vida cotidiana.
Sin necesidad de explicarse continuamente.
Sin sentir que determinados acentos, platos o tradiciones pertenecen siempre al terreno de «lo diferente».
«Espero que esa hispanidad llegue también a las calles y que mi hijo la viva conmigo desde lo no extraño, desde la cotidianidad y desde la normalización.»
Porque quizá ese sea uno de los mayores logros de una sociedad diversa: que nuestras diferencias puedan existir sin que permanentemente tengamos que justificarlas.
«Hay que hablar más veces de nuestras raíces»
Al terminar la entrevista le pedimos unas palabras finales.
«Nunca tenemos palabras finales.»
Y quizá tenga razón.
Porque hablar de identidad, migración y pertenencia difícilmente cabe en una sola conversación.
Hay muchas historias pendientes.
Muchas casas.
Muchas despedidas.
Muchos regresos.
Y muchísimos puentes todavía por construir.
Antes de marcharse, Arelys deja una última frase que resume perfectamente el espíritu de Voces Hispanas:
«Esto hay que repetirlo y hablar más veces de nuestras raíces.»
Y añade un deseo: que existan más espacios como este para hablar de nuestras casas. De ambas casas.
Voces Hispanas: una lengua, varias voces y una ciudad.
Historias de personas que llegaron de distintos lugares y que hoy también forman parte de Ciudad Real.